Confirmación

La confirmación completa la iniciación cristiana junto con el bautismo y la eucaristía. Mediante la unción con el santo crisma y la imposición de manos del obispo, el Espíritu Santo fortalece al bautizado con sus dones y lo arraiga más profundamente en su unión con Cristo y con la Iglesia.

Este sacramento concede una fuerza especial para dar testimonio público de la fe y para perseverar en ella, incluso en las dificultades. Por eso se le llama también el sacramento de la madurez cristiana: no porque marque una edad concreta, sino porque significa un paso consciente de adhesión personal a la fe recibida en el bautismo.

En la confirmación, el Espíritu Santo otorga sus siete dones: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estos dones ayudan al cristiano a discernir, actuar y vivir con coherencia evangélica.

El ministro ordinario es el obispo, como signo de unidad con la Iglesia universal; aunque puede delegar en un sacerdote cuando sea necesario. La celebración se realiza ordinariamente en comunidad, dentro o fuera de la eucaristía, con la renovación de las promesas bautismales, la imposición de manos, la unción con el crisma y el gesto de la paz.

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