El Bautismo

El bautismo es el comienzo real de la vida cristiana: introduce en la comunión con Jesucristo, perdona el pecado original y cualquier pecado personal, concede la gracia santificante y hace miembro de la Iglesia. Por eso se le llama “puerta de los sacramentos”. Se celebra ordinariamente con agua —por inmersión o por triple infusión— y con la fórmula trinitaria. Deja un sello espiritual permanente (carácter) que no se borra ni se repite.

En la celebración se emplean signos que expresan lo que Dios obra: el agua (nacer a una vida nueva), el santo crisma (consagración para participar de la misión de Cristo), la vestidura blanca (vida nueva), el cirio encendido (fe que recibe la luz de Cristo). Los padres piden el bautismo para sus hijos porque la salvación es don gratuito; la comunidad acoge al nuevo bautizado y se compromete a acompañarlo en la fe. El bautismo puede celebrarse dentro de la misa o fuera de ella, preferiblemente en domingo; el ministro ordinario es el obispo, el presbítero o el diácono, y en caso de necesidad puede bautizar cualquiera que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia.

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